¿Un festín de perezoso?

megaterioEl menú del banquete anual del Club de Exploradores  incluía en 1951 un platillo muy especial: “carne asada de un animal prehistórico”, de un perezoso gigante, una bestia extinta desde hace miles de años. Estas cenas, que reunían a la élite de los exploradores y descubridores de la época, se habían ya hecho famosas por ofrecer inauditos manjares, como ojos de carnero, penes de bisonte, tarántulas fritas, etc. Aquella vez, se afirmaba que los organizadores habían logrado traer la carne prehistórica desde los congelados parajes de Alaska.

 Aquella cena fue tan exitosa que uno de los miembros del club conservó un trozo de la carne en un frasco de museo, con el rótulo “carne de megaterio”. El frasco permaneció almacenado en diferentes museos hasta que en 2015 unos estudiantes de la Universidad de Yale decidieron usar las técnicas modernas de análisis de ADN para comprobar la identidad de la supuesta carne de megaterio. [El megaterio fue un perezoso gigante único de Sudamérica, pero en los años 50 se llamaba “megaterio” también al eremoterio, una especie similar de América del Norte].

Los jóvenes investigadores compararon fragmentos de ADN extraído del pedazo de carne del famoso banquete con muestras tomadas tanto de animales modernos como de algunos mamíferos extintos, como el mamut lanudo y un perezoso.

¿Realmente se sirvió carne de perezoso gigante en el banquete del Club de Exploradores de 1951?

La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento, y se encuentra en el episodio VI de las Crónicas de la Extinción,  titulado “Un banquete pleistoceno: la megafauna de la Era de Hielo”.

Iridio y los dinosaurios

Iridio y los dinosaurios

En 1979, un equipo multidisciplinario de la Universidad de California en Berkeley encontró una anomalía en sedimentos correspondientes al final del Cretácico, hace 66 millones de años. Justo en una delgada capa de arcilla que marca el fin de la era mesozoica (de la que el Cretácico es el último periodo) y el comienzo de la cenozoica, los investigadores encontraron una concentración altísima de iridio, un metal extraordinariamente raro en la corteza terrestre. En cambio, en sedimentos más antiguos —plenamente cretácicos— y más recientes —correspondientes al Paleógeno, el periodo más antiguo del Cenozoico— la concentración de iridio era mucho más baja, apenas detectable con los instrumentos disponibles en la época.

iridio-77A partir de esta observación, Luis W. Alvarez — un físico de partículas galardonado con el Premio Nobel— llegó a una conclusión asombrosa: Los dinosaurios se habían extinguido hace 66 millones de años como consecuencia de la colisión contra la Tierra de un objeto espacial, un asteroide o cometa. Alvarez pudo calcular que tal cuerpo interplanetario debió haber tenido entre 7 y 10 kilómetros de diámetro.

¿Cómo es posible pasar de una observación sobre la concentración de iridio en sedimentos geológicos a una hipótesis revolucionaria sobre la extinción de los dinosaurios?

La historia completa es parte del episodio IV de las Crónicas de la extinción, pero el razonamiento es relativamente sencillo:

  1. El iridio es extraordinariamente raro en la corteza terrestre, pero relativamente abundante (o, más bien, mucho menos raro) en los asteroides.
  2. Es entonces razonable pensar que el iridio encontrado en los sedimentos, justo al final del Cretácico, tenía que provenir de un asteroide o algún otro cuerpo espacial.
  3. Para que el iridio se sedimentara en forma uniforme, tenía que haber estado en forma de polvo flotando en la estratosfera.
  4. Para formar tal polvo, el asteroide tenía que haber provocado una gran explosión al chocar contra la Tierra.
  5. La explosión, y la subsecuente nube de material flotando en la atmósfera, debió haber provocado cambios en las condiciones ambientales a nivel mundial.
  6. Estos cambios radicales en el clima y la ecología globales debieron causar la extinción de un gran número de especies.
  7. El tiempo de la extinción de los dinosaurios coincide perfectamente con la antigüedad de los sedimentos con la anomalía de iridio.
  8. Por tanto, es razonable pensar que la anomalía de iridio es una evidencia tangible de la colisión de un asteroide que posiblemente haya desencadenado una serie de eventos que concluyeron con la extinción de los dinosaurios y de muchos otros organismos.

La fórmula que usó Alvarez para deducir el tamaño del asteroide es muy sencilla:
formula-alvarez

M es la masa calculada del asteroide, s es la concentración por área de iridio en el sedimento, A es la superficie del planeta Tierra, f es la concentración de iridio en los cuerpos espaciales y 0.22 es la fracción del material expulsado por el volcán Krakatoa que alcanzó la estratosfera.

Con los datos de concentración de iridio que se midieron en los sedimentos del final del Cretácico, Alvarez calculó que el asteroide debió haber medido al menos 7 kilómetros de diámetro y tal vez hasta 10. Años más tarde, usando modelos desarrollados por otros científicos, Alvarez calculó que la colisión de un asteroide de ese tamaño debió haber producido un cráter de unos 200 km de diámetro.

La búsqueda de tal cráter y su hallazgo en lo que hoy en día es la costa norte de la península de Yucatán son los temas de otra de la Crónicas de la extinción

La jovencita que cayó en la cueva

 

En mayo de 2007, un equipo de buzos exploradores de cuevas descubrió en una caverna cercana a Tulum, en la costa noreste de la península de Yucatán, una enorme cámara completamente inundada. Por lo oscuro y tenebroso del lugar, el sitio fue bautizado como Hoyo Negro.

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Foto: Roberto Chávez Arce. Grupo Hoyo Negro

En el fondo de la cámara se hallaron numerosos huesos de animales del Pleistoceno: felinos diente de sable, gonfoterios —un tipo de elefante extinto—, dos especies de perezosos gigantes y un úrsido semejante al oso de anteojos sudamericano. Se hallaron también los restos de un ser humano, una joven de unos quince años de edad, a la que se le puso el nombre de Naia.

Los análisis posteriores revelaron para los restos humanos una antigüedad de entre doce y trece mil años. Esta medición convirtió a Naia en el ser humano más antiguo conocido en el Nuevo Mundo. Más aun, aunque la morfología de Naia corresponde con un grupo humano conocido como paleoamericanos, algunas secuencias de ADN mitocondrial revelaron un parentesco cercano con los grupos indígenas actuales de América.

Estos descubrimientos muestran que hace apenas unos cuantos miles de años existieron en lo que ahora es Yucatán y Quintana Roo varios miembros de la llamada megafauna del Pleistoceno (animales extintos de gran talla). Además de los  animales hallados en Hoyo Negro, se han encontrado en otros sitios de Yucatán —asociados también con restos humanos— animales como caballos pleistocenos, gliptoterios —gigantescos armadillos— y enormes llamas.

Los capítulos V y VI de Crónicas de la extinción discuten con detalle las historias de los seres humanos y de otros animales del Pleistoceno. La historia de Naia y de los animales de Hoyo Negro es una de esas crónicas.

 

Avicena y los fósiles

avicenaAVICENA

Abū ‘Alī al-Husayn ibn ‘Abd Allāh ibn Sĩnã, mejor conocido por el nombre latinizado de Avicena, fue un filósofo, naturalista y médico persa de principios del segundo milenio de nuestra era.

En su Libro de la curación, un profundo tratado filosófico en varios volúmenes, Avicena proporciona una explicación para la existencia de los fósiles, los restos petrificados de plantas y animales.

Avicena retoma las ideas filosóficas de Aristóteles y propone la existencia de un fluido petrificante, el succus lapidificatus, que provocaría que en las rocas se plasmaran las figuras de los seres vivos. Durante siglos enteros, las ideas de los filósofos griegos y de Avicena sobre los fósiles se mantuvieron como las explicaciones más razonables para la existencia de rocas con formas de plantas y animales.

Hoy en día la explicación de Avicena nos parecería absurda, casi equivalente al hechizo Petrificus totalus de Harry Potter. Lo que en realidad nos indica la hipótesis del sabio persa es el pobre conocimiento que sobre la historia del planeta se tuvo durante la Edad Media. No fue hasta el siglo XVIII que los naturalistas comenzaron a esclarecer la verdadera naturaleza de los fósiles.

El episodio III de las Crónicas de la extinción relata algunos pasajes de la historia de esos descubrimientos.

Los mejores inventos de la vida

En junio de 2005, Steve Jobs —el cofundador de Apple, el gigante de la tecnología— ofreció un emotivo discurso ante los estudiantes de la Universidad de Stanford. Jobs sabía ya para entonces del cáncer que se había propagado en su páncreas y que, años más tarde, le cobraría la vida.

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«La muerte es muy probablemente el mejor invento de la vida —afirmó un emocionado Jobs—. Es el mecanismo que permite el remplazo de lo viejo por lo nuevo».

Crónicas de la extinción retoma el pensamiento de Jobs y lo extiende al proceso de desaparición de especies. «La muerte y la extinción son los mejores inventos de la vida», reza el subtítulo del primer capítulo del libro. Al igual que la muerte lo hace con los individuos, la extinción permite el remplazo de las especies viejas por las nuevas. Es el mecanismo natural que permite, junto con la especiación, que se produzca la evolución de las especies.

Faltan 36 días para la presentación de #CrónicasDeLaExtinción

El Essex en las islas Galápagos

El Essex en las islas Galápagos

cachaloteEl 20 de noviembre de 1820, un gigantesco cachalote arremetió contra el barco ballenero Essex, obligando a la tripulación a abandonar la nave y refugiarse en las balsas que usaban para la cacería de los cetáceos. Los sobrevivientes se encontraban en la mitad del océano Pacífico, a más de tres mil quinientos kilómetros de la costa de Sudamérica.

Los pormenores de la epopeya de los sobrevivientes, desde el ataque de la ballena hasta que fueron rescatados noventa días después, son el tema del libro En el corazón del mar de Nathaniel Philbrick y de la película de Ron Howard del mismo nombre. La historia del Essex sirvió de inspiración para que Herman Melville escribiera Moby Dick algunas décadas más tarde.

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Un mes antes del inicio de su pesadilla, los balleneros del Essex estuvieron unos días en las islas Galápagos, haciendo reparaciones en la nave y capturando tortugas gigantes. Los balleneros del siglo XIX acostumbraban mantener tortugas vivas durante meses para asegurar una fuente de alimento fresco en sus viajes oceánicos. En unos cuantos días, la tripulación del Essex capturó más de trescientas cincuenta tortugas en dos de las islas del archipiélago. Además, el último día de la estancia, a uno de los marineros se le ocurrió iniciar, como una broma para sus compañeros, un incendio en la isla Floreana que arrasó con toda la vegetación y con casi la totalidad de la fauna nativa.

La especie de tortuga gigante que habitaba Floreana se extinguió a mediados del siglo XIX, mientras que la de la otra isla, la Española, estuvo a punto de correr igual suerte hasta que en los años setenta se inició un programa de recuperación que ha logrado salvar la especie de la extinción.

Puedo recomendar a los interesados en conocer la historia de los sobrevivientes del malogrado viaje del Essex que lean el libro de Philbrick o que vean la película. Para aquellos interesados en conocer los detalles de la actividad de los balleneros en las islas Galápagos y de su tremendo impacto sobre las poblaciones de las tortugas, recomiendo encarecidamente la lectura del episodio número uno de Crónicas de la extinción.

Faltan 37 días para la presentación de #CrónicasDeLaExtinción.