Las ratas, las extinciones y la historia de Nueva Zelanda

Guerrero maorí. Foto: Wikimedia, Andrew Turner

Nueva Zelanda es uno de los lugares más aislados del planeta. Las dos islas principales de esta nación del Pacífico se cuentan entre los últimos sitios del mundo en ser colonizados por el ser humano, aunque existe gran controversia respecto a la fecha exacta de este acontecimiento. La mayoría de los expertos considera que el arribo de los primeros pobladores ocurrió cerca del año 1300, pero otros especialistas creen tener evidencia de la presencia humana más de mil años antes de esa fecha. Para resolver el enigma, los investigadores han recurrido a un aliado inesperado: la rata del Pacífico.

Diversas líneas de investigación sugieren fuertemente que la fecha de arribo de los primeros maoríes a Nueva Zelanda ocurrió a finales del siglo XIII. Usando la técnica del carbono 14, se ha estimado que los restos arqueológicos más antiguos datan del año 1290, aproximadamente. Según esta estimación, la llegada del ser humano provocó cambios ambientales severos. A través de estudios de sedimentación de polen se ha demostrado que antes del año 1300 la mayor parte de Nueva Zelanda estaba cubierta por extensos bosques, pero que a principios del siglo XIV los bosques comenzaron a desaparecer, dando paso en unas pocas décadas a espacios abiertos dominados por helechos. También la incidencia de capas de carbón en los sedimentos, muestra inequívoca de extensos fuegos, aumentó súbitamente alrededor del año 1300.

El efecto más dramático de la actividad humana fue, sin embargo, la extinción de varias especies de la fauna nativa. En menos de 150 años, comenzando también alrededor del año 1300, desaparecieron de las islas más de 40 especies de aves, es decir, cerca de la mitad de la fauna original. Entre estas aves extintas se encontraban el águila de Haast, el ave de presa más grande que ha existido, varios tipos de patos, dos especies de gansos gigantescos y el enigmático aptornis, un ave aparentemente emparentada con las grullas.

Un águila de Haast ataca a un par de moas. Imagen: Wikipedia, John Megahan

El lugar central entre las especies extintas poco después de la llegada de los polinesios, sin embargo, es sin duda para  las nueve especies de moas, unas extrañas aves no voladoras parecidas al avestruz y que eran exclusivas de Nueva Zelanda. La más grande de ellas, la moa gigante, llegaba a medir más de tres metros y medio de alto y pesaba más de 250 kilos. Se han encontrado huesos de moas asociados a sitios arqueológicos, lo que muestra que los maoríes conocieron, y probablemente llevaron a la extinción, a las once especies de estas impresionantes aves.

A mediados de los años 90, Richard Holdaway desarrolló una técnica ingeniosa para determinar la fecha de arribo de los primeros pobladores humanos a Nueva Zelanda. Un acompañante infaltable en los viajes de los polinesios es la rata del Pacífico, una especie emparentada con la rata común. Como en Nueva Zelanda no hay ratas nativas, Holdaway razonó que la aparición de huesos de ratas en sedimentos antiguos debía indicar la llegada de los primeros humanos. Usando técnicas de carbono 14, el investigador fechó algunos huesos de rata y encontró una antigüedad de más de 2,200 años, es decir 1,500 años más atrás que la fecha indicada por las otras evidencias.

Para tratar de conciliar sus observaciones con la evidencia arqueológica, Holdaway propuso la hipótesis de que los polinesios habían llegado a Nueva Zelandia en una primera ola hace más de dos mil años, pero que se habían retirado sin dejar huella significativa, excepto las ratas. La segunda ola de inmigración, mucho más extensa y numerosa, coincidiría con la fecha propuesta a partir de la evidencia arqueológica, es decir alrededor del año 1300.

Maoríes representados por Isaac Gilsemans, ilustrador de la expedición de Abel Tasman, 1642

Más recientemente, un equipo de investigación liderado por Janet Wilmshurst se dio a la tarea de reevaluar los resultados de Holdaway. El grupo repitió el procedimiento de Holdaway, obteniendo muestras de hueso de ratas de los mismos sitios. Se examinaron además semillas de dos tipos: con y sin huellas de haber sido roídas por ratas. Se corrieron los análisis usando los más modernos equipos de espectroscopía para la medición de carbono 14 y los resultados fueron muy claros y contundentemente diferentes a los de Holdaway. Los huesos más antiguos tenían una edad máxima de poco más de 700 años; algunas de las semillas sin rastros de haber sido roídas tenían antigüedades mayores, pero ninguna de las roídas tenía más de 720 años. Estos nuevos datos, publicados en los Proceedings de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos, muestran claramente que las ratas, y por ende los seres humanos, llegaron a Nueva Zelanda hace poco más de 700 años y no antes. Fue la puntilla para la hipótesis de las dos olas de inmigración.

Parece ser que los resultados de Holdaway estaban viciados de dos formas. En primer lugar, es posible que sus muestras hayan estado contaminadas con material más antiguo. En segundo término, todo parece indicar que también hubo problemas de manejo de las muestras en el laboratorio donde se corrieron los ensayos. En cualquiera de los casos, la rebuscada hipótesis de Holdaway, que buscaba reconciliar la abrumadora evidencia en contra de sus observaciones, será sin duda desechada con los nuevos resultados.

[Esta es una versión actualizada y ampliada de una nota que apareció en La Jornada Michoacán en diciembre de 2008]

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