La boa gigante del Paleoceno

[Esta nota fue publicada en La Jornada Michoacán el 2 de marzo de 2009. Se reproduce el texto íntegro sin ediciones y se añaden ilustraciones y notas]

Las serpientes, y en particular las de mayor tamaño, generan reacciones extremas entre las personas. La aversión que mucha gente tiene por los ofidios es ancestral y se refleja en relatos muy antiguos como el del demonio materializado en serpiente en los primeros pasajes del Génesis. En contraste, la gran fascinación que muchas otras personas sienten por las serpientes se manifiesta en historias como la de la serpiente emplumada de Mesoamérica.

Aunque las representaciones pictóricas de las serpientes muestran generalmente animales de tamaño considerable, la realidad es que la gran mayoría de las casi 3 mil especies son pequeñas. La más chica es la diminuta culebra de Barbados, de apenas unos 10 centímetros de longitud y muy pocas especies rebasan el metro de largo. En el otro extremo, algunas anacondas de Sudamérica y pitones de Asia alcanzan hasta 8 metros, aunque la talla promedio en estas especies es de unos 6 metros.

Reconstrucción de Titanoboa y su ambiente. Ilustración de Jason Bourque, Florida Museum of Natural History

En un número reciente de la revista Nature, un grupo de investigadores de Canadá, Estados Unidos y Panamá informó sobre el descubrimiento de los restos fósiles de una enorme serpiente de 13 metros de longitud. Se trata de una nueva especie, llamada Titanoboa por sus descubridores, que vivió al principio del Paleoceno, hace unos 60 millones de años, en lo que ahora es Colombia. Por el tamaño de las vértebras presentes en el material fósil, los investigadores pudieron estimar que la titánica boa debe haber medido alrededor de 12.8 metros y debe haber pesado unos 1,100 kilos. Como se encontró material de varios individuos, se piensa que estos datos de tamaño pueden considerarse como promedio y no como extremos.

Si la escena de una pitón de siete metros estrangulando y luego consumiendo un pequeño venado en alguna selva del sureste asiático es impresionante, tratemos de imaginarnos a una serpiente de casi el doble de largo buscando alguna presa en las selvas sudamericanas de hace 60 millones de años. Si el lector tuvo la mala fortuna de ver la película Anaconda, con Jennifer López, seguramente recordará las imágenes de una gigantesca serpiente acosando a un grupo de heroicos documentalistas del National Geographic. Pues bien, pensemos que hace 60 millones de años realmente existió una bestia de ese tamaño que seguramente sembró el pánico entre los animales que le servían de alimento en aquellas lejanas épocas.

Un aspecto interesante del hallazgo tiene que ver con la reconstrucción de ambientes terrestres pasados. Se sabe que el tamaño máximo de los animales poiquilotermos (cuya temperatura interna varía en función de la externa) depende de las condiciones ambientales. En particular, las serpientes más grandes pueden existir solamente en regiones tropicales porque su tasa metabólica sería insuficiente en zonas frías. Es por ello que las pitones y anacondas están restringidas actualmente a las selvas de Asia y Sudamérica. La temperatura media anual es el promedio de todos los valores medidos a lo largo de un año. En las zonas tropicales actuales, tal promedio es de alrededor de 25 a 27 °C, lo que permite la existencia de serpientes de hasta 7 u 8 metros.

Fósiles de Titanoboa en el Museo de Historia Natural de la Universidad de Florida

Usando un modelo matemático basado en el tamaño máximo de las serpientes en diferentes partes del mundo, los investigadores calcularon que para permitir la existencia de un ofidio de 13 metros de largo sería necesaria una temperatura media anual de entre 30 y 34 °C. Una implicación de estos cálculos es que la temperatura media del planeta era mucho más elevada hace 60 millones de años que lo que es hoy en día. De hecho, investigadores de otras disciplinas han sugerido que la atmósfera en esa época tenía una muy alta concentración de bióxido de carbono y otros gases de efecto de invernadero, lo que implicaría una temperatura mundial elevada. El descubrimiento de la boa gigante apoya estas especulaciones.

Otro aspecto interesante del hallazgo de la serpiente gigante tiene que ver con la extinción de los dinosaurios. Hay que recordar que este evento tuvo lugar hace 65.5 millones de años y desencadenó la extinción de prácticamente todas las especies de gran talla. La presencia de la boa gigante implica que apenas unos cuantos millones de años después existían condiciones adecuadas en la Tierra para la evolución de animales de gran talla. La reconstrucción del ambiente en el que debe haber existido Titanoboa (planicies costeras asociadas con grandes ríos y bosque tropical) y la fauna asociada indican que la boa gigante debe haber tenido hábitos de alimentación similares a las anacondas modernas. Incluso, los investigadores han especulado que la boa gigante se alimentaba de cocodrilos de gran tamaño.

La existencia de extensos bosques tropicales hace 60 millones de años nos habla por una parte de la capacidad de la naturaleza para regenerarse después de una catástrofe mundial como lo fue la extinción masiva de finales del Cretácico. Nos habla por otro lado de la fragilidad de estos ambientes y de los extraordinarios seres que los habitaban. La fascinante historia de la boa gigante nos da lecciones importantes para entender y conservar las selvas de hoy en día.


Notas agregadas el 5 de marzo de 2012
:
La referencia del artículo sobre Titanoboa es
Head, J.J. et al. 2009. Giant boid snake from the Palaeocene neotropics reveals hotter past equatorial temperatures. Nature 457:715-717.

Un artículo reciente en Science muestra el caso contrario al de la boa gigante: en el máximo de temperatura del Paleoceno-Eoceno (hace unos 56 millones de años), los caballos de la época alcanzaron su tamaño mínimo (unos tres kilos y medio). En los mamíferos, las temperaturas altas parecen favorecer tamaños corporales pequeños.
Secord, R. et al. 2012. Evolution of the eartliest horses driven by climate change in the Paleocene-Eocene thermal maximum. Science 335:959.

2 pensamientos en “La boa gigante del Paleoceno

  1. -Animalidad y Cultura. La imagen de la serpiente.
    Es casi una norma la aversión, en la cultura occidental, por las serpientes (podría decirse que por los reptiles en general). Esta repulsa, combinación de asco y miedo, genera odio y repugnancia. Está tan arraigada que hace notorias sus manifestaciones contradictorias, como la impasividad o incluso el afecto de muchas personas frente a los reptiles. Los individuos que muestran este tipo de simpatía por estos animales, hasta el punto de cuidarlos y alimentarlos, domesticarlos, son tachados de extraños por el occidentalito de a pie.
    Dentro de los primates, nuestros parientes biológicamente más próximos, gorilas y chimpancés, muestran la misma repulsión por las serpientes, repulsión que los progenitores se preocupan por reafirmar en sus vástagos.
    Esta actitud basada en el aprendizaje podría indirectamente incluirse en el concepto de “fenotipo extendido” tal y como lo define el biólogo conductista Richard Dawkins. Sin embargo, habría que incidir en el hecho de que, instintivamente (o, tal vez con los inmediatos pensamientos conscientes por los que abogaría Griffin (“El pensamiento de los animales”), los pequeñuelos que en la naturaleza se encuentran con una serpiente sin la advertencia de sus padres, es fácil que se sobresalten ante el súbito movimiento o reacción agresiva de lo que parecía una forma vegetal inanimada. Por añadidura, entre las múltiples especies de ofidios, algunos son venenosos, incluso mortales.
    La maldición que cae sobre las serpientes no requiere una explicación teológica o psicoanalítica que las convierta en símbolo demoníaco o fálico. Basta recurrir a lo que puede evidenciar la experiencia visual en variados biotopos.
    En la naturaleza, entre la vegetación de los árboles primigenios, tal vez un fruto comestible llamase la atención por su volumen y su color conspicuos. O, quizás, por un leve movimiento que llamase la atención de la visión estereoscópica y sensible a los colores del primate, al que sin embargo no le fué traducido como un aparte del fondo natural el cuerpo mimético y antiguo, de probada eficacia superviviente, del reptil.
    Otros animales muestran esquemas orgánicos conspicuos sobre ese telón de fondo variable que es la naturaleza, estructuras que muestran cabeza, tronco y extremidades identificables pese a posibles contorsiones anatómicas. La carencia de extremidades de la serpiente (en sí, no es sino una especie de extremidad móvil y exenta) la lleva a poseer una forma corporal fácilmente confundible con cualquier fragmento vegetal más o menos torcido y, dada su coloración (una gran variedad de estudiados diseños gráficos externos) es muy posible que entre la vegetación su continuidad orgánica, ópticamente, se rompa.
    La serpiente conlleva implícita una sorpresa primitiva, que, aunque no siempre, puede ser fatal. Muchos otros animales recurren a formas y colores miméticos, pero tienen una complejidad orgánica más abrupta (caso del uroplatus, el camaleón, la cigarra, el chotacabras, o los fásmidos).
    La serpiente es una forma simple, una línea móvil, una curva variable que en algún caso puede ser mortal, o cuando menos muy dolorosa, por culpa de su inadvertencia (generalmente son seres pacíficos, inofensivos-¿no es curioso que la llamada serpiente del templo sea una variedad de crótalo, que anuncia su presencia con las vibraciones de su órgano sonoro, pero carente de éste? La mera presencia de los animales es suficientemente disuasoria para los intrusos, pero los confiados monjes nada tienen que temer, y las alimentan-).
    Las gentes del campo suelen detestarlas sin establecer distinciones especiales ya que el conocimiento popular de los animales es a menudo muy limitado y cargado de informaciones tergiversadas. Es menos comprometido eliminar a una inofensiva culebra que arriesgarse a averiguar si se trata o no de una serpiente ponzoñosa, y a ésta no se le quiere dar opción a la supervivencia por constituir un posible obstáculo para el bienestar, teniendo en consideración únicamente el riesgo de padecer su mordedura.
    En el paisaje perfecto, en el jardín idílico, no hay lugar para las alimañas, especialmente si su imagen se dibuja ajustándose sobre una antiquísima, ancestral, impronta que casi exclusivamente se conserva como señal de peligro mortal. Un animal que en su banco genético contuviese un gen que supusiese una atracción por los reptiles, sin estar capacitado para sobrevivir a su potencial ataque venenoso, sería víctima posible de un gen letal, en palabras de R. Dawkins (“El gen egoísta”, “El fenotipo extendido”).
    Otros animales, no obstante, despiertan admiración y regocijo, bien porque aportan algún beneficio material o bien porque, aún entrañando potencial peligro o competencia por el sustento son envidiados por su efectividad, su poderío para conseguir comida o evitar ser comidos.
    Por esta razón, la misma serpiente odiada en ciertas culturas, como lo es en la nuestra, es venerada en otras que comprenden de otro modo las capacidades de estas criaturas. En ciertos momentos de la historia del antiguo Egipto, serpientes y cocodrilos, así como otros animales, eran objeto de culto; un culto malentendido a través de las versiones de los historiadores griegos, como veremos más adelante.
    El culto a grandes animales en culturas mucho más primitivas comparte con la nuestra el temor fascinante a algo sólo vencible a través de la ilusión de ser como ese algo, de entenderlo, de emularalo.
    Si yo y los míos somos atacados por un lobo o un puma (posibilidad, en cualquier caso, harto difícil) yo desearía ser lobo, ser puma; mejor aún: ser un oso, gozar de la impunidad conferida por la condición de cúspide alimenticia sólo discutible por los carroñeros, invencibles en la impotencia de la muerte y por ello, también a menudo, despreciados y odiados.
    Existe, eso es indudable, una admiración implícita hacia todo gran depredador, pero antes se da una regresión a la imagen remota, arquetípica, del encuentro directo con el animal temible. Llevamos en nuestro ADN alguna arquitectura helicoide que invoca la recreación, en algún rincón de nuestra conciencia, de un viaje a la boca del lobo. Esta imagen recurrente es rescatada para confeccionar la imagen ulterior de un encuentro con la criatura.
    La memoria y nuestros procesos de construcció a base de “posibles” (nuestra imaginación) participan inevitablemente en la construcción de la imagen de cualquier animal, la cual se superpone a las siguientes imágenes que nuestra percepción nos ofrezca, con mayor intensidad si lo que se presenta es otro animal, sea o no el mismo que generó el arquetipo original, primera interpretación de la primera percepción directa (vía el imperio de la visión, el reino de la audición, o demás regiones de nuestro potencial sensitivo). Es la súbita visión, tal vez, de otro ser vivo que se desdibuja, se vuelve conspicuo, del plano visual que nos muestra la composición de nuestro entorno natural. La mirada de alguien desde la espesura. Las sombras de los juncos sobre la piel rayada del tigre, las proyecciones de vegetación que dejan de disfrazar al leopardo la piel cuando éste abandona la espesura llevándose sus sombras consigo, sobre su propio cuerpo. Los ojos del OTRO mirándome desde ahí. YO aquí.

    http://mafa-textoinvisible.blogspot.com/

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