La antigua Veracruz

Reproduzco aquí un ensayo que escribí en 1994 para la revista Ciencias. Fotografías: © Héctor Arita 2009.

LA ANTIGUA VERACRUZ
Ciencias 38:38-39 (1994)

Acabo de regresar de una interesante y placentera visita a Veracruz.  Entre otros sitios, tuve la oportunidad de conocer dos lugares de gran importancia para la historia de México: las ruinas de Zempoala y La Antigua.  Al escuchar los relatos de nuestro guía sobre las costumbres de los totonacas que habitaban la región y al observar las vetustas paredes de la llamada casa de Cortés no pude sino transportarme mentalmente a aquellos años de principios del siglo XVI cuando dos culturas completamente diferentes se encontraron frontalmente.

Traté de imaginarme cómo era el mundo de aquellos totonacas y de su grotesco rey Chicomecoatl, el famoso cacique gordo de Zempoala.  Traté de revivir las impresiones del mismo Cortés y de sus huestes al contemplar por vez primera aquellas hermosas tierras de lo que hoy es Veracruz.

Me imaginé las naves de Cortés acercándose cautelosas a los arenales de Chalchiucueyehcan bajo la hábil dirección del experimentado almirante Antón de Alaminos.  Me imaginé también al joven soldado Bernal Díaz del Castillo grabando en su mente fotográfica cada detalle de aquel nuevo mundo que se abría para los conquistadores.  Corrieron por mi mente imágenes de algunos indios que, asomándose entre la vegetación, habrían sido mudos testigos del comienzo de la corta pero peligrosa aventura que culminó con la conquista de México.

Traté de imaginarme el aspecto que debe haber tenido el entorno en el momento de la llegada de los españoles.  Me imaginé a la centenaria ceiba que simboliza la llegada de Cortés a la Antigua rodeada de muchos otros árboles majestuosos que daban agradable sombra a las riberas de los ríos.  Me imaginé perfectamente el concierto de cantos de las aves que volaban asustadas al paso de las carabelas de los conquistadores.  Formé imágenes de un grupo de monos araña columpiándose entre las ramas de los árboles y observando con curiosidad la actividad de aquellos hombres barbados.  Bajo el agua, grandes cardúmenes de peces continuaban su actividad, ignorando por completo los hechos históricos que tenían lugar en ese momento.

Me dio un poco de tristeza pensar que gran parte de esa riqueza biológica se ha perdido víctima del gran desarrollo que ha tenido la región.  Recordé entonces los signos de progreso que había visto hasta ese momento: la impresionante autopista a Córdoba, los flamantes autobuses repletos de turistas, el remodelado malecón de Veracruz, su bellísimo acuario y sus modernos centros comerciales.  Sí, pensé, la región realmente ha prosperado desde aquellos lejanos años de 1519, pero ¿a qué costo?

Un altísimo porcentaje del hábitat natural de nuestro país se ha perdido, recordé.  Nuestros ríos y lagunas están contaminadas y la calidad del aire deja mucho que desear.  Numerosas especies de plantas y animales silvestres se han perdido para siempre y muchísimas otras se encuentran en inminente peligro de extinción.  Los españoles que conocieron un prístino río Actopan difícilmente se podrían haber imaginado un paisaje desolado dominado por basura flotando en las aguas sucias en las que apenas unos cuantos peces pueden sobrevivir.

Recuperé el optimismo al recordar que no todo está perdido.  El país en general y Veracruz en particular conservan aún una riqueza biológica asombrosa y, lo que es más importante, la gente se ha dado cuenta de que el desarrollo económico no está necesariamente reñido con la preservación del ambiente natural.  Tal vez el río Actopan no vuelva nunca a estar cubierto totalmente de vegetación, tal vez los monos araña no vuelvan jamás a mecerse entre las ramas y tal vez la fauna de peces no vuelva a ser tan numerosa como antaño, pero con seguridad mucha de esta diversidad biológica podrá recuperarse en años futuros a medida que más gente se de cuenta de la importancia de conjuntar un ambiente sano con un desarrollo bien planificado.

La naturaleza tiene una enorme capacidad de recuperación.  Recordé esto al momento de visitar la casa de Cortés en la Antigua.  Unos hermosos amates han extendido sus poderosas raíces hasta cubrir casi por completo los muros de la histórica construcción.  El material original utilizado en la construcción de los muros, rocas entremezcladas con pedazos de coral y otros objetos marinos, se funde en varios lugares con el cuerpo de los árboles.  De hecho, algunos de los muros se mantienen en su lugar sólo con la ayuda de las raíces de las higueras.

Esta bella fusión de las raíces de los majestuosos amates con los restos de la construcción atribuida a Cortés representa en forma poética el vigor con el que la naturaleza se puede recuperar si se le permite hacerlo.  Tal vez la antigua Veracruz, aquella que encontraron los españoles a su llegada, no volverá.  Sin embargo, tengo la esperanza de que la nueva Veracruz, la que conocerán nuestros descendientes, será un lugar mucho mejor si se logra conjuntar el desarrollo económico con el amor por la riqueza natural de nuestro país.


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Los cinco principios de M. E. Soulé

En su artículo What is conservation biology? (1985, Bioscience 35:727-734), Michael Soulé presentó estos cinco principios fundamentales que definieron la naciente ciencia de la biología de la conservación:

1. Se debe preservar la diversidad de especies y la de las comunidades biológicas.

2. Se debe evitar la extinción de las poblaciones y de las especies.

3. Se debe mantener la complejidad ecológica.

4. La evolución debe continuar.

5. La diversidad biológica tiene un valor intrínseco.

La fundación de la Sociedad para la Biología de la Conservación

En el primer número de la revista Conservation Biology, publicada en mayo de 1987, y cuya portada se muestra a la izquierda, Michael E. Soulé escribió un breve resumen de la historia de la Sociedad para la Biología de la Conservación.

De acuerdo con Soulé, la sociedad comenzó a existir a eso de las cinco de la tarde del 8 de mayo de 1985, cuando un grupo de científicos reunidos en la Segunda Conferencia sobre Biología de la Conservación, en Ann Arbor, Michigan, aprobó por unanimidad la moción presentada por Jared Diamond y Peter Brussard (en nombre de dos comisiones nombradas ad hoc) para crear una asociación científica dedicada al estudio de la conservación biológica.

El propio Soulé, nombrado presidente temporal de la sociedad, se encargó de los asuntos legales que llevaron a la constitución oficial de la sociedad el 8 de abril de 1986 (ante el estado de California).  Simultáneamente, una comisión encabezada por Robert May y Daniel Simberloff seleccionó al primer editor de la revista Conservation Biology, David Ehrenfeld.

En junio de 1987 tuvo lugar la primera reunión anual de la sociedad, en la que además de la plática plenaria de Norman Myers y numerosas presentaciones libres, hubo cuatro simposios: “El papel de las enfermedades en la regulación de poblaciones y conservación” (organizado por Robert May), “Efectos de borde y conservación” (Larry Harris), “Genética de la conservación de peces” (Fred Allendorf) y “¿Cómo formar biólogos de la conservación?” (David Hales).

Gracias a los esfuerzos de estos fundadores, la Sociedad para la Biología de la Conservación cuenta hoy en día con más de 10,000 socios, organiza reuniones mundiales y regionales enfocadas a la conservación y sigue publicando Conservation Biology, una revista líder en ecología y estudios de la biodiversidad.

Soulé, M. E. 1987. History of the Society for Conservation Biology: How and why we got here. Conservation Biology 1(1):4-5.