El Essex en las islas Galápagos

El Essex en las islas Galápagos

cachaloteEl 20 de noviembre de 1820, un gigantesco cachalote arremetió contra el barco ballenero Essex, obligando a la tripulación a abandonar la nave y refugiarse en las balsas que usaban para la cacería de los cetáceos. Los sobrevivientes se encontraban en la mitad del océano Pacífico, a más de tres mil quinientos kilómetros de la costa de Sudamérica.

Los pormenores de la epopeya de los sobrevivientes, desde el ataque de la ballena hasta que fueron rescatados noventa días después, son el tema del libro En el corazón del mar de Nathaniel Philbrick y de la película de Ron Howard del mismo nombre. La historia del Essex sirvió de inspiración para que Herman Melville escribiera Moby Dick algunas décadas más tarde.

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Un mes antes del inicio de su pesadilla, los balleneros del Essex estuvieron unos días en las islas Galápagos, haciendo reparaciones en la nave y capturando tortugas gigantes. Los balleneros del siglo XIX acostumbraban mantener tortugas vivas durante meses para asegurar una fuente de alimento fresco en sus viajes oceánicos. En unos cuantos días, la tripulación del Essex capturó más de trescientas cincuenta tortugas en dos de las islas del archipiélago. Además, el último día de la estancia, a uno de los marineros se le ocurrió iniciar, como una broma para sus compañeros, un incendio en la isla Floreana que arrasó con toda la vegetación y con casi la totalidad de la fauna nativa.

La especie de tortuga gigante que habitaba Floreana se extinguió a mediados del siglo XIX, mientras que la de la otra isla, la Española, estuvo a punto de correr igual suerte hasta que en los años setenta se inició un programa de recuperación que ha logrado salvar la especie de la extinción.

Puedo recomendar a los interesados en conocer la historia de los sobrevivientes del malogrado viaje del Essex que lean el libro de Philbrick o que vean la película. Para aquellos interesados en conocer los detalles de la actividad de los balleneros en las islas Galápagos y de su tremendo impacto sobre las poblaciones de las tortugas, recomiendo encarecidamente la lectura del episodio número uno de Crónicas de la extinción.

Faltan 37 días para la presentación de #CrónicasDeLaExtinción.

 

#SolitarioGeorge ha muerto

#SolitarioGeorge ha muerto

A Pinta Island Giant Galapagos Tortoise (Chelonoidis nigra abingdoni). This individual, known as Lonesome George, died in 2012.

El 24 de junio de 2012 murió Solitario George, el último individuo de la especie de tortuga de tierra de la isla Pinta, en el archipiélago Galápagos. Junto con George llegó a su fin un clado único de tortugas con una historia evolutiva fascinante. La mañana de ese día, la dirección del Parque Nacional Galápagos anunció en Twitter la noticia. Esta fue la primera vez —y hasta donde sé, la única ocasión— que un tuit daba la noticia de la extinción de una especie.

solitariogeorgetuit

El primer capítulo de Crónicas de la extinción se titula «#SolitarioGeorge ha muerto: la muerte y la extinción son los mejores inventos de la vida» y narra la historia evolutiva y moderna de los galápagos, las tortugas gigantes que le dieron su nombre el archipiélago ecuatoriano. Los protagonistas de las historias en este capítulo son —además de las tortugas— los piratas, los balleneros, los naturalistas y los biólogos evolutivos, cuyas observaciones a lo largo de los siglos han contribuido al conocimiento sobre la vida, y la muerte,  de las especies animales de las islas Galápagos.

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William Dampier

La historia de las tortugas de Galápagos es también la historia de los piratas, como William Dampier —un corsario del siglo diecisiete—, de los balleneros del siglo diecinueve —como los infortunados tripulantes del Essex, un navío posteriormente destruido por el ataque de una ballena—, de los naturalistas viajeros como Charles Darwin y de los científicos modernos que usan herramientas genéticas para tratar de salvar a las especies de la extinción.

Faltan 37 días para la presentación de Crónicas de la extinción, la vida y la muerte de las especies animales.

 

 

Estamos perdiendo nuestros anfibios

Foto: Héctor T. Arita

[Originalmente publicado en La Jornada Michoacán en diciembre de 2008]

Cuando se nos pide que pensemos en la fauna mexicana, es poco probable que lo primero que nos salte a la mente sea la imagen de un anfibio. Sin embargo, las ranas, sapos, salamandras y las llamadas cecilias son componentes muy importantes de la diversidad biológica de nuestro país. Se sabe de la existencia de 375 especies de anfibios en México, lo que representa algo así como el seis y medio por ciento de las especies a nivel mundial. Desafortunadamente, gran parte de esta riqueza se está perdiendo por la desaparición de numerosas poblaciones a todo lo largo del país.

Los anfibios mexicanos están pasando por una crisis de magnitud mundial. Desde finales de los años 80 algunos científicos alertaron sobre una alarmante disminución de las poblaciones de ranas y sapos en diferentes regiones del planeta, lo que había llevado a la desaparición de muchas especies. Estos primeros estudios se enfrentaron con la escéptica postura de algunos científicos que opinaron que la disminución en el número de los anfibios era parte de las fluctuaciones naturales de las poblaciones. Para finales del siglo XX, sin embargo, la evidencia era ya abrumadora: algo muy grave estaba pasando con las poblaciones de anfibios en todo el mundo.

Ante la gravedad de la situación, grupos de expertos en diferentes partes del mundo se dieron a la tarea de investigar las causas que estaban atrás de la crisis mundial de los anfibios. Estas causas, por supuesto, debían ser de tal alcance y magnitud como para tener un efecto global. Se reunió evidencia que señalaba que la pérdida de hábitats naturales y la contaminación contribuían al problema. Se especuló también que el aumento en la intensidad de la radiación ultravioleta causada por el adelgazamiento de la capa de ozono podía ser otro factor. A pesar de estas explicaciones parciales, los científicos seguían sin comprender porqué la tasa de pérdida de poblaciones de anfibios era mucho más acelerada que la de otros grupos animales.

Rana con quitridiomicosis. Foto Forrest Brem, PLoS Biology

En 1998, un grupo interdisciplinario que estudiaba eventos de alta mortalidad de ranas y sapos en diferentes partes del mundo notó la presencia en muchos de los individuos muertos de lo que parecía una infección en la piel de los animales. Después de minuciosos estudios, el grupo concluyó que una enfermedad no conocida hasta ese momento era responsable de las muertes masivas de ranas y sapos y que probablemente estaba causando la crisis mundial de los anfibios. El culpable de la misteriosa enfermedad pertenecía a un grupo de hongos conocidos como Chytridiomycota, por lo que los investigadores llamaron quitridiomicosis a la nueva enfermedad.

Estudios posteriores han demostrado que la aparición del hongo en un lugar nuevo puede llevar a la muerte masiva de ranas y sapos, a la desaparición de poblaciones enteras y a la pérdida de una parte sustancial de la diversidad de especies. Se ha mostrado también que el cambio climático podría haber sido el mecanismo a través del cual se dio la explosión mundial de la qutridiomicosis. Según esta hipótesis, los cambios en los patrones climáticos han generado condiciones más favorables para el ataque de los hongos a la piel de las ranas y sapos.

En México se ha documentado una disminución notable en el tamaño de las poblaciones de anfibios. Sitios en los que antaño era relativamente fácil observar numerosas especies de ranas y sapos no contienen ya a estos animales. Las salamandras, incluyendo a los extraños ajolotes, también están en peligro. Se calcula que poco más de 200 especies de anfibios mexicanos (más del 50 por ciento) están amenazadas con la extinción. Un estudio reciente de investigadores de la UNAM encontró el hongo de la quitridiomicosis en 13 especies de anfibios mexicanos en localidades del centro del país. El estudio demostró además que un alto porcentaje de los ajolotes que se mantienen en cautiverio para su estudio estaba también infectado por el hongo.

Ajolote. Foto: LoKiLeCh, Wikimedia commons

Es posible que al ciudadano común le cueste un poco de trabajo entender la gravedad de la crisis mundial de pérdida de los anfibios. Después de todo, ¿en qué nos puede afectar la extinción de las ranas y los sapos? Hay que recordar, sin embargo, que estos animales son componentes centrales de los ecosistemas, particularmente de los tropicales. Algunos anfibios, como los ajolotes, tienen además importancia comercial o cultural. Finalmente, es importante saber que más del 63% de las especies de anfibios mexicanos son endémicas, es decir, que sólo se encuentran en nuestro país. La desaparición de esas especies significaría no sólo una enorme pérdida para nuestra riqueza biológica, sino que representaría también una sensible baja para la biodiversidad mundial. No podemos quedarnos con los brazos cruzados ante la crisis global de la extinción de los anfibios.

Compasión por el demonio de Tasmania

[Escribí el siguiente ensayo sobre la enfermedad facial tumoral de los demonios de Tasmania para el diario La Jornada Michoacán del 24 de noviembre de 2008, en ocasión de los 40 años de la canción Sympathy for the devil, de los Rolling Stones. Lo publico ahora en este blog para conmemorar los 50 años de la formación de la banda más longeva de la historia del rock]

 

Hace ya 40 años que los Rolling Stones grabaron la canción Sympathy for the devil, conocida en español como Simpatía por el diablo. Se ha discutido mucho sobre el significado de la letra de la canción, pero parece ser que una traducción más acertada sería Compasión por el diablo. A 40 años, en las lejanas tierras de Tasmania, un fenómeno biológico muy particular está generando un sentimiento similar al que imaginaron Mick Jagger y Keith Richards: simpatía o compasión por el demonio.

En este caso se trata no de Satanás, como en la canción de los Stones, sino del llamado demonio de Tasmania. El demonio es un marsupial con hábitos carnívoros. De hecho, es el más grande de ellos, luego de la extinción del tilacino o lobo marsupial a mediados del siglo XX. La especie se distribuía originalmente en gran parte de Australia y Tasmania, pero la introducción del dingo (una variedad de perro doméstico) y la destrucción de ambientes naturales lo extirparon de muchos sitios de su distribución original, de manera que actualmente está restringido a las zonas boscosas de Tasmania.

El demonio de Tasmania era hasta hace unos 20 años un animal relativamente común. Desde los años 90 se observaron disminuciones importantes en algunas de sus poblaciones, lo que llevó a establecer un equipo interdisciplinario para estudiar las causas. En 1996 se detectó por casualidad, a través de fotografías captadas por un naturalista aficionado, la presencia de una extraña enfermedad que producía horribles malformaciones en el rostro de estos animales. Estudios posteriores mostraron que se trataba de crecimientos cancerosos que producían, en la mayoría de los casos, la muerte de los animales afectados. La nueva afección fue llamada enfermedad facial tumoral de los demonios (DFTD, por su nombre en inglés).

En 2006, un estudio publicado por Anne-Maree Pearse y Kate Swift en Nature presentaba una hipótesis asombrosa que dio un giro inesperado a los esfuerzos por rescatar al demonio de Tasmania. En un escueto comunicado de ocho párrafos, Pearse y Swift informaron que las células cancerosas provenientes de 11 individuos afectados mostraban anormalidades cromosómicas idénticas, mismas que no se encontraron en tejidos sanos provenientes de otras partes del cuerpo de esos mismos animales. La conclusión lógica fue que los tumores en todos los individuos debían tener el mismo origen; es decir, que se trataba de una única línea de células cancerosas que de alguna manera se habían transplantado entre los individuos. En otras palabras, se trataba de un cáncer contagioso.

Pearse y Swift especularon que el comportamiento agresivo de los demonios, manifestado en sus frecuentes peleas por alimento, permitía explicar cómo las células cancerosas podían pasar de un individuo a otro. Existen varios tipos de cáncer que pueden ser detonados por la transmisión de un virus, como en el caso del cáncer cérvico-uterino que puede desarrollarse después de la aparición del virus del papiloma humano. El caso del DFTD es muy diferente. Se trata de las propias células cancerosas que se transmiten de un demonio a otro para producir los tumores faciales, sin la participación de un virus u otro agente infeccioso. El único otro ejemplo natural que se conoce es un tipo de cáncer que se transmite entre los perros por vía sexual.

Individuo afectado por DFTD. Foto Menna Jones, PLoS Biology

Las consecuencias de la nueva enfermedad para los demonios de Tasmania han sido terribles. Se ha documentado la presencia de DFTD en más de la mitad del territorio de Tasmania, y en esos lugares las poblaciones han disminuido hasta en 80 por ciento. El demonio, considerado hasta hace 10 años como una especie no amenazada, está ahora entre las especies con mayor riesgo de extinción, de acuerdo con la más reciente evaluación de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza.

Ante la emergencia, algunos biólogos han propuesto agresivas campañas para eliminar de las poblaciones naturales los demonios que presenten síntomas de la enfermedad. El problema con esta propuesta es que aparentemente los tumores tardan meses, o incluso años, en aparecer. Se ha sugerido también capturar individuos sanos en zonas aún no afectadas y mantenerlos en cautiverio, o quizá llevarlos a algunas de las islas adyacentes a Tasmania para mantenerlos alejados de sus congéneres afectados. Otros científicos opinan que lo mejor en este caso es no intervenir. De acuerdo con esta postura, esta enfermedad emergente está siguiendo su curso natural y probablemente en unos pocos años desaparezca, o su incidencia en las poblaciones naturales se estabilice.

En cualquiera de los casos, al observar las fotografías de los demonios de Tasmania afectados por los tumores, es difícil no sentir, como los Stones, compasión por estos asombrosos animales.

[Actualización, 20 de abril de 2012. En este mes se cumplen 50 años de la formación de Los Rolling Stones. E. P. Murchison y colegas reportaron en un artículo de Science de 2009 que las células cancerosas del DFTD tienen su origen en tejido nervioso de los demonios de Tasmania. Un estudio de W. Miller y colaboradores en 2011 en los Proceedings de la Academia de Ciencias de los Estados Unidos muestra como una baja diversidad genética entre los demonios de Tasmania podría hacerlos más susceptibles al DFTD.]

El retorno de los tigres del Caspio

[Esta nota apareció en La Jornada Michoacán el 10 de febrero de 2009. Se reproduce el texto íntegro y se añaden figuras y referencias]

Gladiadores combatiendo un tigre. Mosaico en el Gran Palacio de Constantinopla

Todos hemos visto películas en las que se recrean las brutales batallas que se libraban en el coliseo de la antigua Roma. Según los relatos históricos, en algunas de esas carnicerías participaban animales salvajes como osos, leones y tigres. Para filmar esas escenas, los productores modernos emplean por supuesto ejemplares mantenidos en cautiverio, de manera que en ocasiones las fieras que aparecen en pantalla son un tanto rechonchas y lentas si se les compara con los ágiles individuos silvestres. En el caso de los tigres, hay además otra diferencia sutil entre las versiones de Hollywood y el verdadero circo romano. En las películas aparecen generalmente tigres de Bengala, provenientes originalmente del sureste asiático. En los tiempos del circo romano, esos felinos eran importados desde los confines orientales del imperio, en lo que ahora es Irán, el suroeste de Rusia y parte de algunas de las repúblicas de la ex Unión Soviética que rodean el mar Caspio.

Aunque pertenecen a la misma especie, los tigres del Caspio y de Bengala son diferentes en su morfología y se les considera como variedades geográficas diferentes, o subespecies. El tigre tenía originalmente una distribución muy amplia en Asia, extendiéndose desde el Cáucaso hasta Siberia en el norte y desde la India hasta la isla de Bali en el sur. Como muchas otras especies, el tigre muestra una clara variación geográfica. Los individuos de la subespecie del Caspio eran bastante robustos, con orejas muy pequeñas y con el pelaje muy largo, que en ocasiones colgaba de los flancos. Como en el caso de otros grandes depredadores, la población de los tigres del Caspio fue mermando paulatinamente a medida que sus ambientes naturales se transformaban por la actividad humana. Durante el siglo XX los tigres de esta subespecie fueron desapareciendo de extensas zonas de Irán, el sur de Rusia y el noroeste de China, hasta que en algún momento, probablemente en la década de los 60, se extinguieron.

Tigre del Caspio en el zoológico de Berlín, ca. 1895.

Como en otros casos de subespecies extintas, algunos investigadores habían especulado sobre posibles formas de recuperar el tigre del Caspio. Se hablaba por ejemplo de cruzar ejemplares de las otras subespecies para recrear aunque fuera algunos atributos de la forma perdida. Como existen pieles de ejemplares muertos apenas hace algunas décadas, también se planteó la posibilidad de utilizar material genético de esos ejemplares. Una investigación publicada este mes en la revista Plos One, sin embargo, muestra que todos estos esfuerzos son innecesarios porque en realidad el tigre del Caspio nunca se extinguió. Carlos Driscoll y sus colaboradores usaron métodos de genética molecular para examinar la variación geográfica de los tigres, incluyendo tejido biológico de algunas de las pieles de tigres del Caspio. En general encontraron que las subespecies reconocidas coincidían con el análisis. Por ejemplo, los tigres de Bengala, relativamente grandes, fueron claramente diferentes genéticamente a los de Indochina, que son más pequeños.

La única sorpresa del análisis fue lo cercanamente parecidos que resultaron ser los tigres de Siberia y los extintos felinos del Caspio. De hecho, la distancia genética entre los dos es tan pequeña que la conclusión del grupo de trabajo fue que en realidad las dos formas pertenecen a la misma subespecie. En otras palabras, el tigre del Caspio vive todavía, pero en las remotas regiones de Siberia. Los tigres de la Siberia, de acuerdo con la reconstrucción histórica de los investigadores, serían descendientes directos de tigres del Caspio que se desplazaron hacia lo que ahora es Rusia hace apenas unos cuantos miles de años. De hecho, hay evidencia histórica de la existencia de tigres en la zona intermedia entre el Caspio y Siberia, lo que sugeriría que apenas hace unos cientos de años había una sola población en esa zona.

El nuevo trabajo propone que el tigre se originó en lo que ahora es China. Desde ahí, los tigres se habrían dispersado hace unos cuantos miles de años hacia el sur de Asia y de ahí a la región del Caspio, rodeando las tierras altas del Tíbet. Los investigadores planean ahora ampliar sus estudios para incluir material genético de otras dos variedades de tigre que también se consideran extintas: el tigre de Java y el tigre de Bali. De esta manera podrán establecer la historia de la dispersión de los tigres hacia el sur de Asia y hacia las islas del archipiélago malayo.

Estos resultados tienen importantes implicaciones para la conservación de los grandes felinos. De acuerdo con los nuevos datos, sería factible volver a tener tigres en la zona del Caspio simplemente introduciendo ahí ejemplares provenientes de Siberia. Por supuesto, como siempre sucede en los planes de manejo de las poblaciones de grandes depredadores, no todo mundo estaría feliz con el regreso del tigre del Caspio a su ambiente natural. Para muchas personas, sin embargo, sería fascinante tener de vuelta los feroces y gallardos animales que alguna vez poblaron esa región del planeta.

Referencia
Discoll, C. A. et al. 2009. Mitochondrial phylogeography illuminates the origin of the extinct Caspian tiger and its relationship to the Amur tiger. PLoS ONE 4(1): e4125.

Una historia de osos

Uno de los últimos osos grises de México, exhibido por las calles de Chihuahua en 1954

En la década de los años 60 murió el último oso plateado de México. Uno de los mamíferos terrestres más grandes de México, el oso plateado habitó gran parte de las montañas de la parte más norteña de la Sierra Madre Occidental. Perseguido por los cazadores y por los rancheros preocupados por su ganado, el oso plateado vio reducida su población a una treintena de individuos a finales de los 50 y para 1965 probablemente no quedaba ninguno vivo.  Las fotografías de algunos de los últimos osos, cazados en la Sierra del Nido en Chihuahua, muestran la ferocidad de este majestuoso animal aún en los cuerpos inermes de las infortunadas víctimas de la cacería indiscriminada. El último individuo conocido fue muerto en 1960 por John F. Nutt, un cazador de Arizona.

Por mucho tiempo hubo controversia respecto a la clasificación del oso plateado mexicano. Generalmente se consideraba como una variedad del oso grizzly del suroeste de los Estados Unidos y se sabía que estaba emparentado con el oso pardo. Sin embargo, en algunos trabajos se le llegó a considerar como una especie separada. El oso plateado no debe confundirse con el oso negro americano, otra especie que aún habita en el norte de México y que es más pequeña y menos feroz que su primo plateado.

Dos estudios publicados en línea en 2008 han examinado con detalle la historia evolutiva de los osos, lo que además permite una mejor clasificación de las especies. Los autores de los dos trabajos, trabajando independientemente, dieron un brinco metodológico de gran importancia al lograr obtener material genético de dos especies ya extintas. El grupo liderado por Jean-Marc Elalouf (Bon et al. 2008) , de la Comisión sobre Energía Atómica de Francia, aisló ADN mitocondrial a partir del esternón fósil de un oso de las cavernas que murió hace 32 mil años en la cueva de Chauvet, por cierto lugar de la más antigua manifestación de arte rupestre. El otro grupo, encabezado por Michael Hofreiter (Knapp et al. 2009) , del Instituto Max Planck de Leipzig, obtuvo material genético del oso de las cavernas procedente de un fémur fósil de 41 mil años de antigüedad colectado en Austria. Este grupo además analizó material de un oso gigante de rostro corto a partir de material fósil de 22 mil años de antigüedad colectado en Canadá.

Osos plateados en Canadá. Imagen: Wikipedia

Al analizar el material genético de los osos fósiles junto con el de especies vivas, ambos grupos llegaron a conclusiones muy similares. Se corroboró por ejemplo que el panda gigante es realmente un oso, hecho sobre el que existían dudas debido a las características tan particulares de este carismático animal. Además del panda, existen en el mundo otras siete especies de osos que guardan aún interesantes secretos. El grupo de Hofreiter demostró, por ejemplo, que el oso de anteojos de los bosques tropicales de América del Sur está emparentado con el extinto oso gigante de rostro corto, que vivió en Norteamérica durante el Pleistoceno, hasta hace unos 8 mil años.

Seis de las especies de osos se clasifican en el mismo género, Ursus. Esto significa que se trata de especies cercanas que se separaron evolutivamente hace relativamente poco tiempo. El grupo de Elalouf calcula que esta separación ocurrió hace dos o tres millones de años, mientras que el equipo de Hofreiter considera que la radiación ocurrió hace poco más de cinco millones de años. Esta nueva clasificación coloca a todos los osos pardos de Eurasia y América en la misma especie y muestra que el oso polar es su pariente más cercano. Se demostró también el estrecho parentesco de estas dos especies con el extinto oso de las cavernas.

¿Cómo queda ubicado el oso plateado mexicano en este nuevo esquema? El estudio muestra que todos los osos de talla grande de América del Norte y de Europa y Asia pueden ubicarse en la misma especie: el oso pardo. Esto significa que el oso plateado mexicano pertenecía a la misma especie que los famosos osos rusos, los gigantescos osos Kodiak de Alaska, los osos de Yellowstone y los osos grizzly del suroeste de los Estados Unidos. La implicación es que con la muerte del último de los grandes osos en México no se extinguió una especie, ni siquiera se perdió una subespecie o variedad geográfica reconocida. Simplemente los osos pardos fueron extirpados de México, como lo fueron de gran parte de su distribución original en el suroeste de los Estados Unidos.

En el gran contexto de la evolución de los osos, es posible que la desaparición del oso mexicano no haya sido una gran tragedia. Para el país, sin embargo, representa la pérdida de un elemento muy especial de la fauna nativa. Constituye además la pérdida del acervo genético asociado con las poblaciones que alguna vez existieron en el norte de México. La única noticia potencialmente alentadora es que un programa de reintroducción de la especie, con ejemplares provenientes de los Estados Unidos, podría ser exitoso y restituir para la fauna mexicana uno de sus más gallardos representantes. ¿Volveremos alguna vez a tener osos plateados en los bosques de la Sierra Madre?

Referencias
Bon, C. et al. 2008. Deciphering the complete mitochondrial genome and phylogeny of the extinct cave bear in the Paleolithic painted cave of Chauvet. Proceedings of the National Academy of Sciencies of the United States of America 105:17447-17452.
Brown, D. E. 1985. The grizzly in the southwest. University of Oklahoma Press, Norman ,Oklahoma, Estados Unidos.
Knapp, M. et al. 2009. First DNA sequences from Asian cave bear fossils reveal deep diversgences and complex phylogeographic patterns. Molecular Ecology 18:1225-1238.

[Versión actualizada y ampliada de una nota publicada originalmente en La Jornada Michoacán en diciembre de 2008]

El galápago de la isla Floreana no está extinto

En las islas del archipiélago de las Galápagos habitan (o habitaban) quince poblaciones bien diferenciadas de tortugas gigantes (galápagos). Según la mayoría de los expertos, estas poblaciones constituyen subespecies de una sola especie, cuyo nombre científico sería Chelonoidis nigra. Según otros expertos, las poblaciones serían especies separadas.

Foto: Wikipedia

Cuatro de las poblaciones de galápagos han desaparecido por completo de su hábitat natural en las islas Floreana, Fernandina, Rábida y Santa Fe. Una quinta población, la de la isla Pinta, está representada por un solo individuo conocido como Jorge el Solitario.

Un artículo reciente (Garrick et al. 2012) proporciona nuevas esperanzas para la conservación de una de las poblaciones. Durante un muestreo en 2008 de material genético en las tortugas que habitan las inmediaciones del volcán Wolf en la isla Isabela, se detectó la presencia de híbridos con rastros de DNA proveniente de la población de Floreana. Ahora, con una muestra mucho más grande, los investigadores han logrado detectar 84 híbridos cuya composición genética solo puede ser explicada si uno de sus padres fue un galápago de Floreana genéticamente puro.

Por la edad de los híbridos y su proporción en la Isabela, se puede inferir que debe haber al menos 38 individuos vivos con un genoma puro de Floreana. En otras palabras, es altamente probable que el galápago de la isla Floreana no esté extinto después de todo, pero que sus últimos sobrevivientes habiten una isla lejana, Isabela.

¿Cómo llegaron las tortugas de Floreana a la isla Isabela? Los autores del estudio especulan que en algún tiempo los piratas que buscaban refugio en el archipiélago podrían haber transportado algunos individuos de una isla a otra. Más recientemente, los marineros de los barcos balleneros del siglo XIX podrían haber hecho algo semejante. Si esta hipótesis es correcta, el galápago de Floreana podría haber sobrevivido a la extinción gracias a que, inadvertidamente, el ser humano llevó a algunos de sus individuos a un refugio lejano. Este es un caso similar al del elefante de Borneo, que probablemente es descendiente de una subespecie –el elefante de Java– que ya desapareció en su hábitat original pero que fue transportada al nuevo sitio por el ser humano.

Referencias
Garrick, R. C. et al. 2012. Genetic rediscovery of an ‘extinct’ Galápagos giant tortoise species. Current Biology 22:R10-R11.
Poulakakis, N.  et al. 2012. Unravelling the peculiarities of island life: vicariance, dispersal and the diversification of the extinct and extant giant Galápagos tortoises. Molecular Ecology 21:160-173.