¿Cuándo se extingue una especie?

Hace noventa y nueve años, el 21 de febrero de 1918, murió Incas, el último ejemplar de cotorra de Carolina.
Reproduzco aquí una nota de hace seis años sobre el momento en que se produce una extinción. En el primer episodio de las Crónicas de la extinción se relata otro caso: la muerte el 24 de junio de 2012 de Solitario George y la concomitante extinción de su especie, la tortuga de tierra de la isla Pinta.

Crónicas de la extinción

Por definición, una especie se extingue cuando muere el último individuo del grupo. En la práctica, decidir si una especie está extinta o no es un asunto bastante más complicado.

En casos excepcionales, el momento de la extinción puede determinarse con gran precisión. Hace exactamente 93 años, el 21 de febrero de 1918, murió el último ejemplar de la cotorra de Carolina (Conuropsis carolinensis). Era un macho conocido con el nombre de Incas que vivía en cautiverio en el zoológico de Cincinnati. En ese momento no pudo ratificarse la extinción de la especie porque se pensaba que la cotorra todavía podía existir en algunos lugares del sureste de los Estados Unidos. No fue hasta 1939 que se llegó a la conclusión de que Incas había sido efectivamente el último representante de la especie.

Curiosamente, o patéticamente, según se vea el caso, el encierro en el que murió Incas…

Ver la entrada original 386 palabras más

Obamadon y la extinción K – Pg

Obamadon y la extinción K – Pg

obama-oficial

Fotografía oficial de Barack Obama 2012

En un par de días, Barack Obama terminará su periodo como el cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos de América. Mucho tiempo atrás, hace sesenta y seis millones de años, llegó al final de su existencia una especie de reptil cuyo nombre científico, Obamadon gracilis, hace honor al presidente saliente.

En 2012, Nicholas Longrich y sus colaboradores examinaron una serie de fósiles de reptiles escamados (lagartijas y serpientes) provenientes de depósitos de finales del periodo cretácico de Norteamérica. Los investigadores encontraron varias especies hasta entonces desconocidas, entre las que se encontraba un lagarto de unos treinta centímetros de largo, cuya dentadura —sólida, limpia y de gran tamaño— les recordó la del sonriente presidente Obama. No dudaron en acuñar el nombre genérico Obamadon para el animal, ni para agregar el epíteto gracilis —que significa delgado, fino o sencillo en latín— como nombre específico.

obamadon

Lagartijas del Cretácico. Obamadon es la de enfrente. Carl Buell, Universidad de Yale

El estudio de Longrich y sus colaboradores mostró que las lagartijas y serpientes formaban un grupo muy diverso durante el Cretácico (entre 145 y 66 millones de años en el pasado), por lo que puede inferirse que coexistieron exitosamente con sus parientes evolutivos, los dinosaurios. Como se detalla en el episodio iv de las Crónicas de la extinción, al final de ese periodo se extinguió la gran mayoría de las especies de dinosaurios, sobreviviendo sólo un pequeño grupo de ellos que millones de años después se diversificó para dar origen a las aves modernas.

Longrich y sus colegas hallaron que la fauna de escamados del Cretácico sufrió también pérdidas importantes durante el evento de extinción K-Pg —que es el nombre técnico para lo que se conoce popularmente como «la extinción de los dinosaurios»—. De las treinta especies que identificaron en los depósitos del Cretácico (K), sólo cinco aparecen también en los estratos del Paleógeno (Pg), que es la división geológica inmediatamente posterior al periodo cretácico. Esto quiere decir que el resto de las especies, que representan un 83% del total, se extinguieron durante el evento K-Pg. Obamadon fue una de esas víctimas.

El patrón que encontró el equipo de Longrich es similar al de otros grupos de animales que como conjunto sobrevivieron al evento K-Pg, pero que perdieron porcentajes importantes de sus especies. Se calcula, por ejemplo, que de los tiburones y los mamíferos que existían a finales del Cretácico se extinguió más del 70% de las especies. En la mayoría de los grupos las especies más vulnerables a la extinción fueron las de mayor tamaño, como Omabadon entre las lagartijas y, por supuesto, los dinosaurios no aviares.

La extinción masiva del final del Cretácico se desencadenó muy probablemente como consecuencia del choque contra la Tierra de un asteroide, el mismo que dejó como huella el cráter de casi doscientos kilómetros cuyo centro se encuentra cerca del pueblo de Chicxulub, en la Península de Yucatán. La gigantesca explosión que se produjo y los violentos fenómenos asociados —terremotos, tsunamis, fuegos, caída de material incandescente, entre otros— seguramente causaron la extinción inmediata de un buen número de especies.

Sin embargo, fueron los cambios ambientales a largo plazo los que llevaron a la extinción a la mayoría de las especies. En particular, se piensa que el material que se inyectó en la atmósfera tras la explosión del asteroide provocó cambios drásticos en el clima y prácticamente detuvo la fotosíntesis a nivel planetario. Un estudio reciente, de Julia Brugger y sus colaboradores, propone que los aerosoles sulfatados podrían haber provocado una caída de la temperatura global promedio de más de 26 grados Celsius, y que estos efectos podrían haber tardado cerca de treinta años en revertirse. El destino de Obamadon y de miles o millones de otras especies podría haber sido sellado por un final gélido.

El 20 de enero de 2017 comenzará para Estados Unidos y para el mundo un periodo que podría ser catastrófico. Si los parientes evolutivos de Obamadon que sobrevivieron al evento K-Pg pudieron recuperar su esplendor luego del mayor cataclismo en la historia del planeta, ¿podremos nosotros sortear los años oscuros que se avecinan?

Referencias

Brugger, J., Feulner, G. y Petri, S. (2017) Baby, it’s cold outside: Climate model simulations of the effects of the asteroid impact at the end of the Cretaceous. Geophysical Research Letters, en prensa.

Longrich, N. R., Bhullar, B.-A. S. y Gauthier, J. A. (2012) Mass extinction of lizards and snakes at the Cretaceous–Paleogene boundary. Proceedings of the National Academy of Sciences, 109, 21396-21401.

 

Iridio y los dinosaurios

Iridio y los dinosaurios

En 1979, un equipo multidisciplinario de la Universidad de California en Berkeley encontró una anomalía en sedimentos correspondientes al final del Cretácico, hace 66 millones de años. Justo en una delgada capa de arcilla que marca el fin de la era mesozoica (de la que el Cretácico es el último periodo) y el comienzo de la cenozoica, los investigadores encontraron una concentración altísima de iridio, un metal extraordinariamente raro en la corteza terrestre. En cambio, en sedimentos más antiguos —plenamente cretácicos— y más recientes —correspondientes al Paleógeno, el periodo más antiguo del Cenozoico— la concentración de iridio era mucho más baja, apenas detectable con los instrumentos disponibles en la época.

iridio-77A partir de esta observación, Luis W. Alvarez — un físico de partículas galardonado con el Premio Nobel— llegó a una conclusión asombrosa: Los dinosaurios se habían extinguido hace 66 millones de años como consecuencia de la colisión contra la Tierra de un objeto espacial, un asteroide o cometa. Alvarez pudo calcular que tal cuerpo interplanetario debió haber tenido entre 7 y 10 kilómetros de diámetro.

¿Cómo es posible pasar de una observación sobre la concentración de iridio en sedimentos geológicos a una hipótesis revolucionaria sobre la extinción de los dinosaurios?

La historia completa es parte del episodio IV de las Crónicas de la extinción, pero el razonamiento es relativamente sencillo:

  1. El iridio es extraordinariamente raro en la corteza terrestre, pero relativamente abundante (o, más bien, mucho menos raro) en los asteroides.
  2. Es entonces razonable pensar que el iridio encontrado en los sedimentos, justo al final del Cretácico, tenía que provenir de un asteroide o algún otro cuerpo espacial.
  3. Para que el iridio se sedimentara en forma uniforme, tenía que haber estado en forma de polvo flotando en la estratosfera.
  4. Para formar tal polvo, el asteroide tenía que haber provocado una gran explosión al chocar contra la Tierra.
  5. La explosión, y la subsecuente nube de material flotando en la atmósfera, debió haber provocado cambios en las condiciones ambientales a nivel mundial.
  6. Estos cambios radicales en el clima y la ecología globales debieron causar la extinción de un gran número de especies.
  7. El tiempo de la extinción de los dinosaurios coincide perfectamente con la antigüedad de los sedimentos con la anomalía de iridio.
  8. Por tanto, es razonable pensar que la anomalía de iridio es una evidencia tangible de la colisión de un asteroide que posiblemente haya desencadenado una serie de eventos que concluyeron con la extinción de los dinosaurios y de muchos otros organismos.

La fórmula que usó Alvarez para deducir el tamaño del asteroide es muy sencilla:
formula-alvarez

M es la masa calculada del asteroide, s es la concentración por área de iridio en el sedimento, A es la superficie del planeta Tierra, f es la concentración de iridio en los cuerpos espaciales y 0.22 es la fracción del material expulsado por el volcán Krakatoa que alcanzó la estratosfera.

Con los datos de concentración de iridio que se midieron en los sedimentos del final del Cretácico, Alvarez calculó que el asteroide debió haber medido al menos 7 kilómetros de diámetro y tal vez hasta 10. Años más tarde, usando modelos desarrollados por otros científicos, Alvarez calculó que la colisión de un asteroide de ese tamaño debió haber producido un cráter de unos 200 km de diámetro.

La búsqueda de tal cráter y su hallazgo en lo que hoy en día es la costa norte de la península de Yucatán son los temas de otra de la Crónicas de la extinción

La jovencita que cayó en la cueva

 

En mayo de 2007, un equipo de buzos exploradores de cuevas descubrió en una caverna cercana a Tulum, en la costa noreste de la península de Yucatán, una enorme cámara completamente inundada. Por lo oscuro y tenebroso del lugar, el sitio fue bautizado como Hoyo Negro.

hoyo-negro

Foto: Roberto Chávez Arce. Grupo Hoyo Negro

En el fondo de la cámara se hallaron numerosos huesos de animales del Pleistoceno: felinos diente de sable, gonfoterios —un tipo de elefante extinto—, dos especies de perezosos gigantes y un úrsido semejante al oso de anteojos sudamericano. Se hallaron también los restos de un ser humano, una joven de unos quince años de edad, a la que se le puso el nombre de Naia.

Los análisis posteriores revelaron para los restos humanos una antigüedad de entre doce y trece mil años. Esta medición convirtió a Naia en el ser humano más antiguo conocido en el Nuevo Mundo. Más aun, aunque la morfología de Naia corresponde con un grupo humano conocido como paleoamericanos, algunas secuencias de ADN mitocondrial revelaron un parentesco cercano con los grupos indígenas actuales de América.

Estos descubrimientos muestran que hace apenas unos cuantos miles de años existieron en lo que ahora es Yucatán y Quintana Roo varios miembros de la llamada megafauna del Pleistoceno (animales extintos de gran talla). Además de los  animales hallados en Hoyo Negro, se han encontrado en otros sitios de Yucatán —asociados también con restos humanos— animales como caballos pleistocenos, gliptoterios —gigantescos armadillos— y enormes llamas.

Los capítulos V y VI de Crónicas de la extinción discuten con detalle las historias de los seres humanos y de otros animales del Pleistoceno. La historia de Naia y de los animales de Hoyo Negro es una de esas crónicas.

 

Crónicas de la extinción, el blog

cronicas-centro-de-trabajo

El centro de trabajo de Crónicas de la extinción, con los dibujos de Ángela Arita Noguez

Morelia, Michoacán, México,  5 de octubre de 2016

El blog Crónicas de la biodiversidad se transforma hoy en Crónicas de la extinción. El propósito del cambio es crear un espacio de comunicación paralelo al proceso de producción, publicación y distribución del libro Crónicas de la extinción, la vida y la muerte de las especies animales.

El sitio seguirá mostrando notas sobre historia natural, particularmente de especies extintas o en peligro de extinción, pero presentará ahora también noticias y comentarios relacionados con el libro.

cronicas-portadaEl manuscrito de Crónicas de la extinción fue el ganador del III concurso internacional “Ruy Pérez Tamayo”de divulgación de la ciencia. El Fondo de Cultura Económica lo publicará como el número 244 de la colección La Ciencia Para Todos, coincidiendo con el aniversario número 30 de la serie.

La publicación del libro está programada para finales de noviembre de 2016, y la presentación oficial será el 2 de diciembre en el marco de la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, que por cierto también cumple 30 años desde su fundación.

Bienvenidos a este nuevo blog.

Una paloma llamada Martha

[Este artículo se publicó en la revista Ciencias en 1996. Se reproduce aquí en conmemoración de los 100 años de la muerte de Martha, la última paloma viajera, el jueves 1 de septiembre de 1914 a las 13:00 horas]


Martha en una de las últimas fotografías de la famosa paloma aún con vida. Foto: Enno Meyer

Martha en una de las últimas fotografías de la famosa paloma aún con vida. Foto: Enno Meyer

La tarde del primero de septiembre de 1914 todo parecía en orden en el zoológico de Cincinnati, en Ohio, Estados Unidos. Un empleado realizaba su ruta cotidiana, cubriendo con cuidado las jaulas de los pájaros. De pronto, al acercarse al área de las palomas, notó algo inusual y se percató de que nunca en su vida iba a olvidar aquella tarde. En el fondo de su jaula yacía inerme una paloma. No se trataba de una paloma cualquiera.

“Martha ha muerto”, reportó con tono sombrío el empleado a su supervisor. Se hicieron rápidamente los arreglos necesarios y en pocas horas el cuerpo de la paloma fue congelado, embebido en un bloque de más de 100 kilos y enviado a la Smithsonian Institution, en Washington, D.C., para ser disecado. ¿Qué clase de paloma era esta para merecer tan especial “servicio funerario”? Se trataba simplemente de la última sobreviviente de una especie que no muchos años atrás había asombrado a los naturalistas por su abundancia sin par. Con la muerte de Martha se cerraba uno de los capítulos más impresionantes y bochornosos de la larga y continua historia de las especies que el hombre ha hecho desaparecer del planeta.

Martha era la última paloma viajera (Ectopistes migratorius). Las palomas viajeras o pasajeras eran notablemente parecidas a las huilotas (Zenaida macroura) pero de mayor tamaño y vigor y con la cola más larga y puntiaguda. Bajo cualquier criterio, la paloma viajera era el ave más abundante que haya existido sobre el planeta. Su área de distribución incluía todas las zonas boscosas de Norteamérica, principalmente al este del Mississippi desde la bahía de Hudson hasta el norte de México.

En cuanto al tamaño de sus poblaciones, abundan los relatos del siglo XIX sobre ingentes parvadas de esta paloma. Entre los naturalistas que fueron testigos del maravilloso fenómeno del paso de grupos de palomas viajeras, destacan los connotados ornitólogos Alexander Wilson y John James Audubon. Un día de 1810, Wilson se sentó en el banco de un río a observar el paso de una gigantesca nube de palomas viajeras. Calculó que el grupo tenía algo así como dos kilómetros de ancho, cerca de 380 km. de extensión, que se movía a unos 90 km. por hora y que contenía no menos de 2 millones de individuos. Audubon, en 1813, observó una parvada de las palomas cuando se encontraba a unos 90 km. en camino a Louisville, Kentucky. Cuando finalmente llegó a la ciudad, la parvada seguía pasando sobre su cabeza, en densidades tales que “oscurecían la luz del medio día como si se tratara de un eclipse. Aún usando los cálculos de más conservadores que los de Wilson, Audubon llegó a la conclusión de que la parvada que había observado tenía al menos mil millones de palomas.

Bosquejo de una paloma viajera por John James Audubon (1809)

Bosquejo de una paloma viajera por John James Audubon (1809)

            Martha nunca conoció la gloria que alcanzaron las de su estirpe. La última de las palomas viajeras nació en cautiverio, vivió hasta los 29 años bajo el cuidado de los empleados del zoológico y nunca participó en las masivas migraciones que sus parientes silvestres realizaban entre los bosques que les proveían de alimento o de sitio de reproducción. En compensación Martha tampoco tuvo que testificar el increíble colapso de la especie que se dio en la segunda mitad del siglo XIX.

La saña con la que se persiguió y exterminó a la paloma viajera rivaliza con la espectacularidad de sus parvadas. A mediados del siglo XIX, la carne más barata que se podía conseguir en Estados Unidos era la de paloma, por lo que este animal tenía una gran demanda. Un comerciante de Nueva York se ufanaba de vender más de 18 000 palomas diariamente. Grupos organizados de cazadores exterminaron grandes agrupaciones de lo que parecía ser un recurso ilimitado. En un solo día de 1878, un grupo de hombres dio muerte a más de mil millones de palomas en un sitio de anidación del estado de Michigan.

Para cuando Martha nació, en 1885, las poblaciones habían sido ya fuertemente diezmadas, pero la inclemente cacería continuó. Para 1896 quedaban únicamente alrededor de 250.000 individuos adultos. En ese año, un mensaje telegráfico alertó a los cazadores sobre un grupo de anidación en el estado de Ohio, probablemente el último que se formó. La eficiencia de los que llegaron al sitio fue asombrosa: se colectaron cerca de 200 000 piezas, esto sin contar los 100 000 polluelos que se dejaron abandonados en el sitio. El botín fue empacado y enviado por tren a los mercados del este de los Estados Unidos. El vagón en el que viajaban, sin embargo, se descarriló dejando expuestos al sol los cuerpos de las palomas. En avanzado estado de putrefacción, las piezas fueron arrojadas a una cañada. Patético final para una especie que llegó literalmente a dominar los cielos norteamericanos.

 El último registro de una paloma viajera en estado silvestre es de 1900; fue un individuo que fue cazado por un jovenzuelo del condado de Pike, en Ohio. Catorce años más tarde, con la muerte de Martha, la extinción alcanzó a una de las especies más espectaculares que hayan existido jamás. Lo único que queda de la paloma viajera son los relatos de los naturalistas, ejemplares científicos y algunos individuos disecados que se exhiben en museos como testigos de una de las extinciones más increíbles de la historia. En el Museo Dugès, en Guanajuato, existe un ejemplar disecado de esta paloma. De igual manera, el cuerpo disecado de Martha se puede admirar en una vitrina del National Museum of Natural History de la Smithsonian Institution, en Washington. [Ver “Las últimas fotografías de la última paloma viajera“, en El Rollo Fotográfico]

La triste historia de la paloma viajera ilustra uno de los problemas con los que se enfrentan en la actualidad los biólogos de la conservación. Normalmente se considera que las especies más raras son las más susceptibles de extinción. De hecho, en ciertas clasificaciones, como la de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN) y la norma oficial mexicana sobre especies en peligro y amenazadas, se incluye la categoría de especies raras. Implícita en esta categorización está la idea de que las especies raras podrían estar en mayor riesgo de desaparecer que las más comunes. Por extensión, se podría entonces suponer que las especies más comunes son las menos vulnerables a la extinción. La historia de la paloma viajera y la de otras especies nos muestra que esta lógica simplista puede ser un peligro sofisma.

            En realidad podemos cometer dos tipos de errores al juzgar la vulnerabilidad de una especie con base a su abundancia. El primer tipo de error sería proteger una especie rara que en realidad no esté en peligro de extinguirse. El otro tipo de error sería ignorar una especie abundante pensando que no requiere protección especial. Los dos tipos de error pueden resultar costosos.

            En la norma oficial mexicana sobre especies en peligro, amenazadas y raras se incluyen 134 especies y subespecies de anfibios, 380 de reptiles, 144 de aves y 91 de mamíferos en la categoría de taxón raro. En la mayoría de los casos, este elevado número de especies y subespecies refleja nuestra ignorancia sobre el estado real de las poblaciones de vertebrados de México. Muchos de estos taxa se encuentran en la categoría de raro porque se han encontrado con poca frecuencia en las expediciones de campo, aunque no haya pruebas de que estén amenazados de alguna manera. En cierta forma, se asumen las consecuencias del error del primer tipo: tal vez estemos protegiendo algunas especies que en realidad no lo necesitan, pero el costo es probablemente muy bajo comparado con el que resultaría de no proteger alguna especie que sí lo requiera.

Efectivamente, sería mucho más costoso en términos de conservación cometer un error del segundo tipo. Esto es justamente lo que sucedió en el caso de la paloma viajera. Siendo un animal tan abundante, la gente nunca se imaginó que las poblaciones pudieran desaparecer algún día.

bison_oldwest

Bisontes en las praderas del centro de los Estados Unidos, siglo XIX

Existen otros casos de especies muy abundantes que podrían ser más susceptibles de extinción que otras más raras. El caso típico es el del bisonte americano (Bison bison). Así como la paloma viajera dominó los cielos de Norteamérica, el bisonte fue amo de las praderas del norte de México, Estados Unidos y sur de Canadá hasta finales del siglo XIX. Se estima que llegó a haber unos 50 millones de individuos de esta especie, lo que equivale a unas 30 millones de toneladas de bisonte. (En comparación, los 362 millones de humanos que actualmente pueblan Norteamérica pesan algo así como 21 millones de toneladas). En una historia muy parecida a la de la paloma viajera, la salvaje cacería del bisonte hizo que para 1890 quedaran apenas unos cuantos cientos de animales. En la actualidad, gracias a los programas de conservación, subsisten unos 100.000 bisontes, apenas 0.2% del total de animales que alguna vez hicieron retumbar el suelo de las praderas de Norteamérica.

 Otros ejemplos de animales aparentemente abundantes son los de las especies que forman grandes concentraciones en sitios específicos. Tal es el caso de la mariposa monarca (Danaus plexippus) y el murciélago guanero (Tadarida brasiliensis), La mariposa monarca forma en unos pocos refugios del centro de México las famosas congregaciones de hasta 20 millones de insectos. El murciélago, por su parte, forma colonias de maternidad en ciertas cuevas de México y de Estados Unidos en las que se han contado hasta 20 millones de animales.

 La impresión que queda luego de visitar los refugios de las monarcas o las cuevas del murciélago guanero es que estas especies son tan abundantes que no es posible que puedan estar en riesgo de extinción. La realidad es, sin embargo, que ambas especies podrían desaparecer si no se toman medidas adecuadas para su conservación. El problema principal es que un porcentaje altísimo de la población total de ambas especies se concentran en sitios particulares: la mariposa en ciertos bosques de oyamel y el murciélago en determinadas cuevas. Si algo llega a afectar estos sitios, la población entera podría sufrir las consecuencias. De hecho, sólo por medio de campañas de educación ambiental y de conservación se ha logrado preservar hasta ahora los refugios de la mariposa monarca. Se necesitarían acciones similares para garantizar la subsistencia de las colonias de los murciélagos guaneros.

            Todas las especies que acostumbran formar grandes grupos tienden al efecto de Allee, llamado así en honor al científico que describió como en ciertos animales sociales aún una disminución pequeña en el número de individuos puede llevar a la desaparición de la población entera. Esto se debe a que por cuestiones conductuales, fisiológicas o de reproducción estos animales no pueden subsistir en grupos pequeños. Los murciélagos guaneros, por ejemplo, necesitan formar grandes colonias para mantener en sus sitios de refugio una temperatura alta que garantice el buen desarrollo de las crías. Si el tamaño del grupo disminuye por debajo de un umbral dado, aunque esté compuesto por decenas de miles de animales, la reproducción ya no es posible y la población se extingue.

Es posible que la causa final de la extinción de la paloma viajera se deba al efecto de Allee. Al final del siglo XIX, cuando aún quedaban miles de palomas, la especie ya estaba condenada a la extinción. Es probable que las últimas palomas hayan sido incapaces de encontrar sitios de alimentación y, mucho menos, de reproducción, al no poder formar ya las inmensas parvadas necesarias para la vida social normal de esta especie. Por supuesto fue la matanza salvaje por parte de los colonizadores lo que llevó a la especie hasta el punto en que fue susceptible al efecto de Allee.

            Cuando Martha aún vivía en su jaula del zoológico de Cincinnati, la especie Ectopistes migratorius estaba en realidad ya extinta. Si bien aún quedaba un ejemplar vivo de la especie, todas las características ecológicas y conductuales de la especie se habían ya perdido para siempre. Lo que sucedió la tarde del primero de septiembre de 1914 representó sólo el punto final del epitafio de esta excepcional especie.


Notas, 1 de septiembre de 2014
Un artículo por Hung et al. (2014, Proceedings of the National Academy of Sciences of the US 111:10636-10641) muestra que las poblaciones de palomas viajeras no siempre fueron extremadamente abundantes. De hecho, es posible que las fluctuaciones extremas en sus tamaños de población hayan contribuido a la extinción de esta especie.

Los datos sobre las especies incluidas en la Norma Oficial Mexicana no están actualizados. Se incluyen aquí para reproducir en su totalidad el artículo de 1996.  

Ver también “Las últimas fotografías de la última paloma viajera” en El Rollo Fotográfico.

Las ratas, las extinciones y la historia de Nueva Zelanda

Guerrero maorí. Foto: Wikimedia, Andrew Turner

Nueva Zelanda es uno de los lugares más aislados del planeta. Las dos islas principales de esta nación del Pacífico se cuentan entre los últimos sitios del mundo en ser colonizados por el ser humano, aunque existe gran controversia respecto a la fecha exacta de este acontecimiento. La mayoría de los expertos considera que el arribo de los primeros pobladores ocurrió cerca del año 1300, pero otros especialistas creen tener evidencia de la presencia humana más de mil años antes de esa fecha. Para resolver el enigma, los investigadores han recurrido a un aliado inesperado: la rata del Pacífico.

Diversas líneas de investigación sugieren fuertemente que la fecha de arribo de los primeros maoríes a Nueva Zelanda ocurrió a finales del siglo XIII. Usando la técnica del carbono 14, se ha estimado que los restos arqueológicos más antiguos datan del año 1290, aproximadamente. Según esta estimación, la llegada del ser humano provocó cambios ambientales severos. A través de estudios de sedimentación de polen se ha demostrado que antes del año 1300 la mayor parte de Nueva Zelanda estaba cubierta por extensos bosques, pero que a principios del siglo XIV los bosques comenzaron a desaparecer, dando paso en unas pocas décadas a espacios abiertos dominados por helechos. También la incidencia de capas de carbón en los sedimentos, muestra inequívoca de extensos fuegos, aumentó súbitamente alrededor del año 1300.

El efecto más dramático de la actividad humana fue, sin embargo, la extinción de varias especies de la fauna nativa. En menos de 150 años, comenzando también alrededor del año 1300, desaparecieron de las islas más de 40 especies de aves, es decir, cerca de la mitad de la fauna original. Entre estas aves extintas se encontraban el águila de Haast, el ave de presa más grande que ha existido, varios tipos de patos, dos especies de gansos gigantescos y el enigmático aptornis, un ave aparentemente emparentada con las grullas.

Un águila de Haast ataca a un par de moas. Imagen: Wikipedia, John Megahan

El lugar central entre las especies extintas poco después de la llegada de los polinesios, sin embargo, es sin duda para  las nueve especies de moas, unas extrañas aves no voladoras parecidas al avestruz y que eran exclusivas de Nueva Zelanda. La más grande de ellas, la moa gigante, llegaba a medir más de tres metros y medio de alto y pesaba más de 250 kilos. Se han encontrado huesos de moas asociados a sitios arqueológicos, lo que muestra que los maoríes conocieron, y probablemente llevaron a la extinción, a las once especies de estas impresionantes aves.

A mediados de los años 90, Richard Holdaway desarrolló una técnica ingeniosa para determinar la fecha de arribo de los primeros pobladores humanos a Nueva Zelanda. Un acompañante infaltable en los viajes de los polinesios es la rata del Pacífico, una especie emparentada con la rata común. Como en Nueva Zelanda no hay ratas nativas, Holdaway razonó que la aparición de huesos de ratas en sedimentos antiguos debía indicar la llegada de los primeros humanos. Usando técnicas de carbono 14, el investigador fechó algunos huesos de rata y encontró una antigüedad de más de 2,200 años, es decir 1,500 años más atrás que la fecha indicada por las otras evidencias.

Para tratar de conciliar sus observaciones con la evidencia arqueológica, Holdaway propuso la hipótesis de que los polinesios habían llegado a Nueva Zelandia en una primera ola hace más de dos mil años, pero que se habían retirado sin dejar huella significativa, excepto las ratas. La segunda ola de inmigración, mucho más extensa y numerosa, coincidiría con la fecha propuesta a partir de la evidencia arqueológica, es decir alrededor del año 1300.

Maoríes representados por Isaac Gilsemans, ilustrador de la expedición de Abel Tasman, 1642

Más recientemente, un equipo de investigación liderado por Janet Wilmshurst se dio a la tarea de reevaluar los resultados de Holdaway. El grupo repitió el procedimiento de Holdaway, obteniendo muestras de hueso de ratas de los mismos sitios. Se examinaron además semillas de dos tipos: con y sin huellas de haber sido roídas por ratas. Se corrieron los análisis usando los más modernos equipos de espectroscopía para la medición de carbono 14 y los resultados fueron muy claros y contundentemente diferentes a los de Holdaway. Los huesos más antiguos tenían una edad máxima de poco más de 700 años; algunas de las semillas sin rastros de haber sido roídas tenían antigüedades mayores, pero ninguna de las roídas tenía más de 720 años. Estos nuevos datos, publicados en los Proceedings de la Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos, muestran claramente que las ratas, y por ende los seres humanos, llegaron a Nueva Zelanda hace poco más de 700 años y no antes. Fue la puntilla para la hipótesis de las dos olas de inmigración.

Parece ser que los resultados de Holdaway estaban viciados de dos formas. En primer lugar, es posible que sus muestras hayan estado contaminadas con material más antiguo. En segundo término, todo parece indicar que también hubo problemas de manejo de las muestras en el laboratorio donde se corrieron los ensayos. En cualquiera de los casos, la rebuscada hipótesis de Holdaway, que buscaba reconciliar la abrumadora evidencia en contra de sus observaciones, será sin duda desechada con los nuevos resultados.

[Esta es una versión actualizada y ampliada de una nota que apareció en La Jornada Michoacán en diciembre de 2008]